Relatos Bíblicos ejemplares (II)

“Feminismo” y más sexo.

Siguiendo con la historia de Lot, cuando los dos ángeles llegaron a avisarle de la inminente destrucción de la ciudad de Sodoma, los varones sodomitas rodearon la casa del patriarca exigiendo “conocer” – es decir, violar, según el lenguaje bíblico- a los dos hombres forasteros. El valiente Lot les respondió textualmente: «Por favor, hermanos míos, no cometáis esta maldad.  Mirad, tengo dos hijas que aún no han conocido varón; os las sacaré para que las tratéis como os parezca bien, pero no hagáis nada a estos hombres que se han cobijado bajo mi techo».

Afortunadamente para las hijas los dos ángeles se interpusieron y se evitó la agresión. Como vemos el valor que se daba a la mujer era ejemplar. (Gen-19,4-9)

No tuvo la misma suerte la concubina/esposa del levita que pasó la noche en Guibeà, después de recogerla en Belén de Judá. Dispuesto estaba el levita a pasar la noche en la plaza de esa ciudad, acompañado de su esposa y criado, cuando un anciano le ofreció su casa para reposar.

Al igual que sucedió en Sodoma, los varones exigieron la presencia del hombre para “conocerlo” (vemos que la costumbre estaba bastante extendida). El anciano  salió a la puerta de su casa y les dijo: «Hermanos míos, por favor, no obréis mal. Puesto que este hombre ha entrado en mi casa, no cometáis esa infamia.  Ahí está mi hija, que es virgen, y la concubina de él. Voy a sacarlas; forzadlas y haced con ellas lo que mejor os parezca. Pero con este hombre no cometáis tal infamia».  Aquellos hombres no le hicieron caso. El hombre tomó entonces a su concubina y la sacó fuera; ellos la forzaron y abusaron de ella toda la noche, hasta el amanecer. Al rayar el alba, la dejaron.

La mujer llegó al despuntar el alba, y quedó tendida a la entrada de la casa del hombre donde se encontraba su señor, hasta que se hizo de día.  Su señor se levantó de madrugada, abrió la puerta de la casa, y cuando salía para emprender la marcha, vio a su concubina tendida a la entrada de la casa, con las manos sobre el umbral.  Le dijo: «Levántate y vamos». Pero no hubo respuesta. La cargó sobre el borrico y se fue a su localidad.

Al llegar a su casa, tomó un cuchillo y, agarrando el cadáver de su mujer, la descuartizó miembro por miembro en doce trozos y los envió por todo el territorio de Israel.  Cuantos lo veían, decían: «No ha ocurrido ni se ha visto cosa semejante, desde la subida de los hijos de Israel de Egipto hasta el día de hoy. Consideradlo, deliberad y pronunciaos».

De lo anterior cabe deducir que en el Israel de aquella época era mala cosa ser mujer. Y mucho peor si además de ser mujer eras virgen. Lo suyo era ser un buen macho temeroso de Yahvé, adorarlo hasta la extenuación y no reconocer nada más que a él como el único dios. Omito comentar el tema de la desmembración del cadaver de la desdichada concubina… es demasiado para mi cuerpo.

(Jue.19, 22-30)

 

 

Relatos Bíblicos ejemplares.

Sexo.

Cuando Abraham intentó negociar con Yahvé para que no destruyera Sodoma y Gomorra por lo malvados que eran sus habitantes, el patriarca tuvo que rendirse a la evidencia. Ni diez justos moraban en esas ciudades para que fuesen exoneradas del castigo. Es decir, ni diez recién nacidos o pequeños inocentes incapaces de pecar y de “sodomizar”, por supuesto. Yahvé, ante tanta depravación no tuvo más remedio que flambearlas con una mezcla de azufre y fuego.
No obstante, antes de esa caritativa acción del hacedor, mandó a dos ángeles para que rescataran a los familiares de Lot junto con sus rebaños de ganado, asnos y asnas y esas cosas propias de la edad del bronce. Uno piensa que si Yahvé, en su infinita bondad y misericordia, hubiese querido, habría enviado a una legión de ángeles para “hacer buenos” a los pecadores…Pero su infinita sabiduría le aconsejó la acción drástica.
Tan sólo Lot, su esposa, y sus hijas, abandonaron la ciudad. El resto de los parientes -yernos, sobrinos, etc.- se tomaron la advertencia a broma. ¡Grave error!

La pobre mujer de Lot pecó de curiosidad y miró hacia atrás para ver el espectáculo de azufre y fuego achicharrando a los habitantes. Mala elección: quedó convertida en una estatua de sal que, se supone, sería lamida por todos los camellos que posteriormente pasasen por los alrededores.

Cuando Lot, ya muy anciano, y sus hijas encontraron refugio en una cueva en la proximidades de un pequeño pueblo las hijas cayeron en el detalle de que no tenían descendencia, así que se les ocurrió lo más lógico ,esto es, embriagar al viejo Lot y copular con él cuando estuviese dormido -difícil pero efectivo, como demostraron los hechos-. Dicho y hecho. Primero le tocó a la mayor y después a la menor. De resultas de esos ayuntamientos con su embriagado padre nacieron dos vástagos Moab y Amon. Uno inició la estirpe de los Moabitas y el otro de los Amonitas.

Yahvé ni siquiera amonestó levemente a las violadoras  de su padre.

(Génesis 19, 30-38).

Costumbres.

Cuando Ab y su esposa Sy llegaron a aquel país, Ab le dijo a Sy:

―Mira, este es un país extraño. Sus costumbres son, por tanto, extrañas, ridículas y crueles. Todo ello a la vez. Por eso si alguien te pregunta que si eres mi esposa niégalo con naturalidad y di que no, que eres mi hermana.

― ¿Por?

― Pues porque esta gente si un hombre va acompañado de una mujer hermosa, y tú lo eres mucho, acostumbran a asesinar al esposo y disponer libremente de su viuda.

― Curioso, de verdad. Pero ¿es que creen que un hermano no defendería a su hermana con la misma energía que lo haría su esposo?

― No te enteras. Ya te dije que una de las cualidades de sus costumbres es que son ridículas…Pues claro que yo te defendería tanto como esposo como hermano.

― Vale. Entendido, pero no te pongas así.

A los pocos kilómetros, cuando se encontraban en el centro de un poblacho, se les acercaron cuatro o cinco guerreros, tocados con cascos adornados con  penachos de pelos de oreja de hipopótamo, faldas metálicas, y sandalias. La parte superior era de cuero de cabrito que, al parecer es muy resistente a las lanzas, flechas y espadas enemigas. Sus puñales rodearon inmediatamente los cráneos de la pareja y uno de ellos le preguntó a Ab:

― ¿Esta maravilla de mujer es tu esposa?

A lo que ella respondió:

― No, no, simplemente soy su hermana.

El grupo quedó satisfecho. Llevaron a la beldad ante su rey y se la presentaron. Ni qué decir que el rey quedó prendado de ella. Colmó de bienes a Ab, concretamente, dos rebaños de cincuenta cabras cada uno, unas negras y otras blancas, veinticinco gallinas de corral, asnos y asnas, ochenta y tres palominos, tres sechats de tierra, es decir, treinta mil codos cuadrados, dieciocho esclavos nubios y veinte esclavas vírgenes para que dispusiese a su antojo.

Ni qué decir que Ab lo pasó bastante bien, no así su esposa Sy que una vez exprimida por el rey fue pasando de general en general de su ejército. Por supuesto no se le ocurrió defender a Sy. ¡Bastante bien lo estaba pasando!

Pero he aquí que el buen dios protector de Ab, a la vista de lo que el malvado rey le hizo a este, es decir, abusar de su esposa pese que desconocía la condición de tal ya que creía de buena fe que eran hermanos, como le habían dicho los guerreros y a estos la propia Sy siguiendo instrucciones de Ab, mandó terribles plagas de castigo a ese país. El buen dios de Ab no debía ser el mismo de Sy pues a esta ni la menciona.

Deshecho el engaño al sorprender un vecino copulando en un perdido cobertizo a Ab con Sy, algo no muy propio de hermanos, Ab confesó la verdad al rey, el cual, sorprendentemente, en vez de decapitarlo y cortarle las orejas por mentiroso y desleal, permitió a la pareja que abandonara su reino con todas sus pertenencias que se habían multiplicado por doce debido a la inteligencia mercantil de Ab.

Cuando estaban a salvo Ab le dijo a su esposa:

― ¿Ves? Todo ha salido de maravilla. Llegamos con una mano adelante y otra atrás y regresamos multimillonarios.

― ¿Pues sabes lo que te digo? Que tú si te habrás divertido con tus cabritillos y tus vírgenes, que ya no lo son pues te acostastes con todas… Pero a mí me han arrastrado por todos los lodazales de este árido y pedregoso país. Por mi padre que esto no me lo vuelves a hacer.

Pero sí que se lo hizo según demuestra la Sagrada Biblia en Historia de los Patriarcas – ciclo de Abraham- ( Gen.12,10-20) y (Gen.20, 1-18). En este último caso Abimelec, rey de Gerar, no sólo colmó de bienes a Ab sino que puso su reino a su disposición.

Estas pequeñas historietas han iluminado la moral del pueblo elegido y, de rebote, la nuestra, durante un par de miles de años.

¡Qué cosas!

 

 

 

 

Joe Panino.

21/9/18 10.-

Hoy me he levantado con un enorme estreñimiento, como de costumbre. Las hemorroides luchan entre ellas por salir de su guarida y ver la luz del sol, pero las contengo. Me gustaría huir de mi pasado de excesos con tal de evitar estas molestas y asquerosas huéspedes. Jamás respeté a las almorranas, sobre todo, por el lugar que suelen elegir para instalarse.

Después de los acicalamientos de rigor me dirijo a mi despacho de detective.  Me siento en mi sillón giratorio al que he colocado un flotador en el asiento para evitar dolorosos roces y me dispongo a esperar sin confianza alguna.

Escucho tras la puerta unos tacones altos y lejanos que se aproximan hacia la puerta ¡Una clienta!, pensé. Y di varias vueltas en el sillón, demasiadas para mi gusto, pues casi me mareo.

Una rubia terriblemente hermosa, con curvas infinitas que parecían hablar y un cabello que flotaba en el aire al son de las aspas del ventilador, se sentó al otro lado de la mesa. Su cara era blanca, como la de Michael Jackson.

― ¿Puedo hacer algo por usted?

― Eso espero…

Y me contó:

―Mire, con este físico que Natura me ha dado, no tengo más remedio que ser infiel a mi marido. O mis maridos porque creo que soy bígama.

Se levantó un momento y contoneó su cuerpo, lo que generó en mí un sudor que ahora mismo sería incapaz de definir y que tuve que secar con la fregona. Volvió a sentarse y continuó:

― Resulta que mi marido, al menos uno de ellos, es Joe Panino, el célebre, cruel, implacable y celoso mafioso. Al enterarse de que le puse unos cuernos, o, mejor, dos cuernos, que le impiden pasar por las puertas sin hacer una genuflexión, prometió vengarse y mandó a tres de sus más duros y ordinarios lugartenientes para que me rapen la cabellera y me encierren en un prostíbulo frecuentado por los más soeces y enormes cosacos rusos. Como comprenderá, por lo segundo, con esfuerzo, puedo pasar, pero con lo primero ni hablar, no transijo. Le pido que me proteja y, en su caso, mate a mis perseguidores. Será usted recompensado con algo que seguramente creería que le era inalcanzable: le permitiré que me bese una vez en la mejilla.

Confieso que la propuesta era enormemente atractiva, pero también confieso que mi instinto de supervivencia me resultaba más querido. Ese es el instinto de los cobardes, es decir, de los supervivientes. Los héroes, en cualquier circunstancia, duran bastante poco. Así que quité súbitamente el cojín protector de mis hemorroides de modo que, al golpear estas la dura superficie de mi sillón giratorio, provocaron tal dolor que lograron que mi  cuerpo saltase con tanto ímpetu que salí por la ventana, aterricé en la terraza de enfrente y aún continúo corriendo. Joe Panino es mucho Joe Panino.

 

 

Charlas con mi sombra.

16/9/18 13.- Iba dando mi habitual paseo vespertino de cuarenta minutos cuando una tenue voz me susurró:

― ¿Puedes ir más despacio?- hoy no me encuentro muy bien. Miré en todas direcciones y no había nadie visible. Pensé, entonces, lo más lógico, es decir, que se trataba de una voz interior que  mandaba directamente a mi cerebro un telépata ruso que dominaba idiomas.

La voz insistió: ― Más despacio, por favor, que me mareo. Mira hacia abajo.

Miré hacia abajo y descubrí que era mi sombra la que me hablaba.

17/9/18 14.- (Cont.)

― ¿Me puedes decir qué te pasa?-le pregunté.

― Pues que estoy cansada y depre. Esto de ir pegada siempre a ti me aburre. No te lo tomes a mal, nos pasa a todas las sombras. Comprende, somos bidimensionales mientras que vosotros vivís en un mundo tridimensional o cuatri-dimensional, si contamos eso del “tiempo”. Aunque este último lo compartimos con vosotros. Tenemos la misma edad y a veces ocurre, y este es mi caso, que nosotras nos estropeamos antes, pues vamos tropezando con todos los pequeños accidentes geográficos por los que nos arrastráis. Hoy, con tanto paseo, subidas y bajadas por terrenos repletos de guijarros, charcos, pequeñas hendiduras, matojos…me tienes acabada. Vamos, que no puedo más. Que si no te detienes un poco debajo de un árbol, te abandono. Y allá tú. Afortunadamente los árboles son nuestra salvación. Nos fundimos con sus sombras como vosotros os fundís con el mar en la playa. Es cuando dormimos o, al menos, reposamos un poco.

Le hice caso. Había un enorme platanero a unos diez metros y me senté en un banco que estaba vacío en ese momento. Sentí un leve “gracias a Dios” y unos cuantos suspiros profundos. Después un silencio total acompasado, a veces, a un ronquido oscuro y profundo.

Pensé que cuando pasasen unos veinte minutos volvería a ponerme en marcha y le preguntaría a mi sombra muchas cosas que siempre me habían intrigado.

18/9/18 16 (Cont.)

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­―Bueno, ¿me vas a decir por qué estás depre?- le pregunté cuando continuamos.

― Pues porque mi novia me ha abandonado – respondió.

― ¿Pero vosotros tenéis novias?

― Y novios, dependiendo.

― ¿Quién era?

― ¿Recuerdas aquel día en que estuviste hablando tanto tiempo con tu amiga Carmen? Pues su sombra y yo nos entremezclamos, más bien, nos fundimos en una sola dada la posición vuestra y la del sol. Jamás me había sucedido algo igual con otra sombra.

― ¿Y?

― Pues que no he vuelto a encontrarla. Desde aquél día no vivo. Tengo palpitaciones, ansiedad, morriña…

―Pues no sabes cómo lo siento, pero me temo que no volverás a verla porque mi amiga se enamoró de un canadiense y se marchó con él a Montreal. No sabes cómo lo siento. Espero que encuentres a otra. Yo haré lo posible para que te fundas con las mujeres más atractivas con las que me encuentre. Saldré a su búsqueda en mis paseos y me inventaré pretextos para detenerme a charlar un rato. No quiero verte tan alicaída. Además me haces ir más lento que de costumbre y eso no me beneficia.

― Como ella no encontraré a otra.

― Pues lo siento. Pero por experiencia sé que esas cosas las suele curar el paso del tiempo.

― Uf…

19/8/18 17.- (Cont.)

Otro día me planteó la posibilidad del divorcio. Se quería divorciar de mí…

― ¿Por qué? –le pregunté.

―Pues no sé, llevamos casi setenta años juntos. Me apetece tener nuevas experiencias con alguien más aventurero. Viajar, volar, oír cosas nuevas… Reconoce que tu vida, desde hace años es bastante aburrida.

La verdad es que desconocía que las sombras pudiesen divorciarse de sus “titulares”.

― ¿Y qué hay de mí? ¿Me quedaré sin sombra? ¿No será eso algo extraño? A lo mejor es como si perdiera una mano, o la próstata, o el hígado, lo que sería fatal. No sé, tengo que consultarlo.

― Pues vamos a un abogado que me han recomendado algunas colegas. Es experimentado en estas cosas.

Fuimos al despacho pues soy de la opinión de que si alguien no quiere vivir junto a mí yo no soy quién para forzarlo.

El abogado nos tranquilizó. Nos dijo que hoy día es muy frecuente este tipo de divorcios. Que normalmente tras producirse no es muy difícil que ambos encontremos nueva pareja. Que, no obstante, deberíamos tomarnos unos días para meditar sobre el reparto de bienes (¿?), quién se quedaría en la casa… y esas cosas. Y como no teníamos hijos normales ni hijos sombra la cosa no sería compleja.

Y eso hicimos. Esa noche nos resultó extraña y, en cierto modo, algo tristona. Tantos años de convivencia tan estrecha dejan huella.

20/9/18 (Cont.)

Mi enfermero, en la clínica psiquiátrica en la que me encuentro internado desde hace unos tres años -aquí se pierde rápidamente la noción del tiempo- descubrió que las pastillas que me recetó el psiquiatra estaban escondidas en un hueco que hice en la espuma del colchón. Me obligó a tomarme la de hoy y después inspeccionó concienzudamente mi boca, incluidas las cavidades de mis muelas. Una vez que realizó el examen y comprobó que las píldoras viajaban rápidamente por el esófago hacia esa sala oscura y llena de ácidos feroces que llamamos estómago, cerró la puerta de mi cubículo por fuera. Cuando intenté retomar mis charlas y pensamientos con mi sombra querida, me pareció una insensatez -¿quién habla con su sombra?- propia de un demente. Y yo, por supuesto, soy una persona muy normal que no le habla a esos entes oscuros.

Los vigilantes de AENA.

Desde que Juan, el marido de Elena, le dijo que el día 20 tendría que ir a Barcelona por asunto de negocios y Elena se lo comunicó a Jorge, su amante y compañero de oficina, las sonrisas, veladas y no tan veladas entre ellos se multiplicaron. Al pasar uno junto al otro se rozaban las manos disimuladamente, o Jorge se inclinaba sobre la cabeza de Elena so pretexto de explicarle cualquier intranscendencia. Al salir de la oficina, si bien cada uno tenía que marcharse en sentido opuesto, el suspiro de ambos era perceptible hasta por el guardia urbano de la esquina.

Llegado el día anhelado, Elena, a la salida, emprendió su camino habitual al igual que Jorge. Pero en esta ocasión éste dio la vuelta en la primera esquina y se encontraron en la calle de más abajo y en dirección a casa de Elena. Subieron los cuatro pisos al galope, por decir algo, ya que la impaciencia los devoraba. Cuidaron de no levantar las sospechas de los demás vecinos por lo que, a su pesar, no pudieron dar rienda suelta a sus gritos de felicidad.

Ya en el interior Jorge arrancó, con boca o manos, la camisa, el sujetador, la falda, las bragas, las medias… de Elena que se dejaba hacer con una excitación creciente.

En la cama hicieron el amor salvajemente, como los animales más salvajes que se puedan imaginar. Cuando terminaron el uno continuó en el interior de la otra con continuos estertores que poco a poco se fueron apaciguando.

A las dos horas de la cópula Elena sugirió cariñosamente a Jorge que sería conveniente levantarse, charlar, comentar, besarse, fumarse un porro, comerse un donut… Pero Jorge seguía inmóvil. El pobre había muerto de felicidad.

Al percatarse Elena de lo sucedido entró en pánico y en ese mismo momento sonó su teléfono móvil. Era un mensaje de Juan que decía: “Cariño, ya estoy subiendo las escaleras. Vuelo suspendido por huelga de los vigilantes de AENA en el aeropuerto. Ardo en deseos de verte”.